Un mundo diferente
Por Jorge Lion
Vivimos en una época extraña. Una época donde la tecnología avanza a una velocidad que a veces parece superar nuestra capacidad de comprender sus consecuencias. Una época donde las decisiones políticas se sienten improvisadas, reactivas, desconectadas de la realidad cotidiana de la gente. Y una época donde la imagen de Estados Unidos —ese país que conocí hace ya casi 3 décadas, lleno de estabilidad, propósito y cierta coherencia institucional— parece desdibujarse frente a mis ojos.
No es nostalgia. Es preocupación genuina.
Lo que más me inquieta no es que el mundo cambie; el
mundo siempre cambia. Lo que me inquieta es la sensación de que estamos
avanzando sin rumbo, sin una brújula moral o estratégica que nos guíe. Las
instituciones que antes parecían firmes ahora se tambalean entre la
polarización, la desinformación y la falta de liderazgo claro. Y mientras
tanto, el resto del mundo observa. Observa, evalúa y ajusta sus expectativas
sobre lo que Estados Unidos representa.
La tecnología, por su parte, se ha convertido en una
herramienta poderosísima. Puede conectar, informar, educar, salvar vidas. Pero
también puede dividir, manipular y amplificar lo peor de nosotros. No temo a la
tecnología; temo a quienes la usan sin límites, sin escrúpulos, sin conciencia.
Temo a quienes toman decisiones que afectan a millones sin medir sus
consecuencias, sin la prudencia que exige el poder.
Y a todo esto se suma otra inquietud que me acompaña
desde hace tiempo: el relevo generacional. Me preocupa el futuro, pero
más exactamente, me preocupa quién lo va a sostener. Siento —quizás
equivocadamente, pero es mi percepción— que una parte importante de la juventud
de hoy no está tan comprometida con el conocimiento, la lectura profunda o la
información confiable. Veo más interés en generar contenido que genere dinero
que en hablar con la verdad o en construir criterio propio. No culpo a nadie;
el sistema premia la inmediatez, la viralidad, la recompensa rápida. Pero me
pregunto qué consecuencias tendrá eso para una sociedad que necesita
pensamiento crítico más que nunca.
Cuando miro el panorama político actual, me cuesta
reconocer el país que me recibió hace más de dos décadas. Un país que, con
todos sus defectos, representaba una referencia de responsabilidad y liderazgo global.
Hoy, en cambio, veo decisiones que muchos analistas describen como
controversiales, impulsivas o poco meditadas, y que han generado debates
intensos tanto dentro como fuera del país. Y me pregunto qué imagen estamos
proyectando al mundo, qué mensaje estamos enviando, qué legado estamos
construyendo.
El futuro no espera. Cada decisión —o cada
improvisación— tiene un costo. Y a veces siento que estamos dejando que la
corriente nos arrastre, en lugar de decidir hacia dónde queremos ir.
Tal vez por eso vuelvo a escribir. Porque escribir
es una forma de pensar. Y pensar, en tiempos como estos, es casi un acto de
resistencia.



Comentarios
Publicar un comentario